El destierro

Como quien ha cometido la peor de las atrocidades, nuevamente me condujeron hacia él. Sigilosamente, entré en la habitación donde, dándome la espalda, aguardaba por mí. Heladas gotas de sudor comenzaban a recorrer mi frente mientras mis manos no podían dejar de temblar. ¿Habría clemencia esta vez?
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