La tregua no es paz

Una polvorienta brisa de verano me despeinó al salir de casa. El sol brillaba y por primera vez en mucho tiempo el ruido de las los tanques y las bombas había cesado. Escuchaba voces, escuchaba autos e incluso escuchaba el ruido que mis zapatos hacían con cada paso. Escuchaba vida.

Y sin embargo no escuchaba paz. No sentía paz, porque no había paz. Había tregua, es cierto, pero no paz.

Caminé hasta la plaza principal por una calle abarrotada de gente eufórica que se abría paso entre los escombros. Llevaban banderas, cantaban y festejaban. Pero no había felicidad. Un poco de alivio tal vez, mucho de “disfrutemos hoy para no pensar en mañana”.

Yo prendí un cigarrillo y me senté en un banco de hormigón que evidentemente había sido usado tiempo atrás como trinchera. Recorrí con la yema de los dedos cada uno de los orificios de bala del asiento, pensando en el destino de aquel soldado que se había refugiado tras él. Un escalofrío me caminó la espalda en el momento en el que me senté.

De frente al sol, y haciendo visera con mi mano izquierda, contemplé el paisaje. Algunos chicos correteaban entre los edificios semidestruidos. Simulaban ser parte del ejército, jugaban a la guerra. Se divertían con los casquillos de las balas que ayer mataron a sus padres, hermanos o amigos.

El panorama era dantesco, apocalíptico. Podía respirar la muerte y la destrucción. Y pese a ello la gente reía, celebraba. Volvían a sus trabajos, a sus estudios, a sus rutinas. Probablemente buscaban olvidar lo antes posible. Yo no podía olvidar.

A mi derecha, montada sobre un altísimo poste blanco, descansaba una enorme sirena. Aquella sirena utilizada para anunciar un inminente bombardeo, aquella sirena que desataba el pánico y presagiaba el dolor, estaba ahora en silencio.

Incómodo silencio. Extraño. Después de tanto tiempo escuchando, uno aprende a desconfiar del silencio. Cuando el caos se vuelve rutina, la tranquilidad agobia. Desespera.

La bocina de la camioneta que pasaba a buscarme por la plaza me sacó del filosófico letargo. Un sonriente chofer me hacía señas para que suba.

Apurado, alcancé el vehículo, que inmediatamente se puso en marcha. Fue ahí cuando me di cuenta que mi vida continuaba, aunque una parte de mi se rehusaba a tener la certeza de que esa noche volvería sano a casa.

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