Autorretrato

Llueve, y mi relación con la lluvia siempre resulta particular. Bah, no se si particular es la palabra. Puede, y es probable, que a muchos les pase que la lluvia les produce algo. No sé, cosas. Al menos eso me pasa a mí.

La lluvia agita algo adentro mío. Puede que su inmensidad, su capacidad de maravillarnos desde hace miles años sea lo que me pone a pensar. Es decir, si uno se detiene un minuto a pensar la cantidad de litros de agua que caen del cielo como por que si, es imposible no sentirse pequeño y atraído a la vez. La lluvia tiene un magnetismo único. No podemos ignorar a la lluvia.

De todas maneras esto nada tiene que ver con lo que iba a contar, aunque la lluvia siempre me lleva a la reflexión. Esta vez, mientras fumaba un pucho y miraba por la ventana, vi un grupo de pibes de no más de 15 o 16 años que me llevaron a recordar la época en la que yo era pibe. No es que yo sea tan grande, pero la diferencia en cuánto a las experiencias hace que la brecha se estire.

En fin, estando solo en casa y con algo de tiempo libre, intenté recordar las caras y los nombres de todos aquellos que formaron parte de mi infancia/adolescencia y que por circunstancias de la vida ya no viven acá. Porque el pueblo es así. Tiene esa cosa de paz, de calma y aire puro que no tiene la ciudad, pero en muchos aspectos te limita.

Y el primero que lo vio, y me atrevo a decir lo sufrió, fue Valentín. Ya desde pibe Valentín la rompía jugando en los potreros y cuando tenía unos 9 o 10 años “se lo llevaron”. Éramos chicos y me acuerdo que nos dolió que un tipo con algo de plata y mucho de promesas se lleve a Valen. Fue algo así como el primer gran golpe que recibimos como grupo. Y en lo individual también me costó. Sabía que si volvía era porque había andado mal, pero si le iba bien no volvía.

En resumidas cuentas, y aunque a él no le agradaba tanto la idea (al menos no tanto como a su papá), Valentín se fue a la capital y no volvió. A nosotros no nos quedó otra que seguir creciendo, y si bien no supimos más de él, cada tanto en algún picado nos acordamos de Valentín, sobre todo después de algún caño o algún lindo gol.

Pocos años después de Valen, se fue el Cabezón. Los viejos del Cabe se separaron y no precisamente en buenos términos. De hecho, la separación fue bastante escandalosa y aunque para el pueblo fue prácticamente un culebrón televisivo, para nosotros fue una situación bastante desagradable.

En definitiva, y para no estirar la cuestión, el viejo del Cabe (cuyo nombre no recuerdo) se fue a vivir a Chile, dónde uno de sus hermanos tenía un taller. Esteban (así se llamaba el Cabezón) fue atrás de los motores, las tuercas y su papá. Y aunque no supimos más nada de él, lo imagino con su mameluco azul y las manos engrasadas, haciendo lo que siempre quiso hacer.

Del que si sabemos algo cada tanto es de Gabriel. Gabi nunca fue un tipo muy afecto al estudio, y aunque siempre me pareció un tipo inteligente, a los 15 años abandonó la escuela. Como tampoco era un tipo muy apegado a la familia, se dedicó a viajar como mochilero. Las pocas changas que consiguió un verano le permitieron pagar un tren al norte y el resto lo fue bancando entre canciones y malabares.

Sin embargo, y quiero creer que por nostalgia, cada vez que puede vuelve unos días, aunque no se queda más que un par de días. Se describe a sí mismo como “ciudadano del mundo” y no le hace mucha gracia estar mucho tiempo en el mismo lugar. Según él, se estanca, se ahoga. Según nos dijo hace poco, este verano iba a tratar de volver, por lo que ya dejamos pactado un asado y un picado con los chicos.

Y poco después se fue Martín, el último de los que se fue. Apasionado desde chico por el mar, se fue a una ciudad del sur a estudiar biología marina. Igual acá quedó la familia, y como esto es pueblo, siempre nos cruzamos con algún pariente del “Tincho” que nos cuenta en que anda.

Por lo que nos cuentan, y pese a que nunca lo vimos como un tipo muy independiente, parece que se las arregla bastante bien estando solo.

Eso es todo lo que me acuerdo ahora, cuando todavía llueve y ya pasó más de un cigarrillo. El resto nos quedamos acá. Algunos son estudiantes, otros laburantes y después estoy yo, que si bien estoy yo, soy también eso que cada uno de ellos dejó y aún deja en mí.

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6 comentarios en “Autorretrato

  1. Muy bonita reflexión, Juanfran,
    “Soy también eso que cada uno de ellos dejó y aún deja en mí”
    Seguiré viajando por tu blog y gracias por pasarte por el mío.
    Un abrazo…

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