El destierro

Como quien ha cometido la peor de las atrocidades, nuevamente me condujeron hacia él. Sigilosamente, entré en la habitación donde, dándome la espalda, aguardaba por mí. Heladas gotas de sudor comenzaban a recorrer mi frente mientras mis manos no podían dejar de temblar. ¿Habría clemencia esta vez?

Ya sin la compañía de quienes me habían escoltado hasta allí y ahora custodiaban la entrada de aquél lúgubre lugar, me arrodillé.

Consciente de que ya se había percatado de mi presencia, intenté con algunos balbuceos interrumpir el implacable silencio que inundaba el cuarto. Sin embargo, antes de que pudiera esbozar explicación alguna, con un claro movimiento de su mano derecha me ordenó silencio para, tras una breve pausa, pronunciarse.

Estoy convencido de que eligió cuidadosamente las palabras que iba a dirigirme, puesto que cada una de ellas se incrustó en mí como un trozo de vidrio.

Su sentencia fue contundente, inapelable.

Resignado ante tal muestra de autoridad, le supliqué que me mire a los ojos, al tiempo que los escoltas me tomaban por los brazos y ya sin tanta gentileza me acompañaban a la salida.

Despojado de toda posesión, incluso de mis vestiduras, me arrojaron a la calle bajo un sol abrasador. Ni siquiera el contacto de mis pies con el asfalto ardiente pudo entregarle calor a mi alma, que otra vez iniciaba un camino sin retorno.

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