Viernes 2:53

Viernes 2:53 am. Martín dejaba correr los minutos de lo que, intuía, iba a ser otra larga noche de insomnio. Alternaba su mirada entre el reloj digital de grandes números rojos que estaba en su mesa de luz y las extrañas figuras que las luces del exterior dibujaban en su habitación.

Fastidioso, se levantó y fue hasta la ventana de su dormitorio que daba a la calle. El dolor de cabeza al que ya estaba acostumbrado le pateó la nuca cuando expuso sus ojos a las luces de la avenida que aquel departamento que había heredado tiempo atrás tenía a sus pies.

Paseó la vista por una desierta parada de colectivos, un puesto de diarios todavía cerrado y un semáforo para peatones que nadie estaba consultando.

Pero al cruzar la calle con su mirada hacia lo que era la esquina de la plaza Carlos Gardel, la sorpresa primero y el pánico después, dejaron de lado cualquier otra sensación que pudiera sentir.

Instintivamente dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de la ventana, cuando sus ojos se toparon en aquella esquina con una figura que vestía manto negro, usaba una capucha y portaba una guadaña en su mano derecha.

Pese a que no podía ver su rostro, sabía que aquella figuraba lo observaba.

Eran las 2:56 cuando, nervioso, entró a oscuras a la cocina a buscar un trago. Al ver la pila de platos sucios que se amontonaban en su mesada optó por tomar directamente de la botella. El alcohol no era de aquel que guardaba para ocasiones especiales, de las que hace mucho no disfrutaba, y le quemó la garganta.

Con una mueca de asco en el rostro, pero con la certeza de haber superado aquél mal momento regresó a su habitación en el momento en que su reloj de grandes números rojos marcaba las 2:57 am.

Volvió a asomarse a su ventana para desmentir a aquella horrible visión de minutos atrás, pero nada había cambiado. Nadie esperaba un colectivo, el puesto de diarios seguía cerrado, no había peatones que consultaran el semáforo y aquella horrible figura de manto negro y guadaña seguía de pie, inmutable, en la esquina de la plaza Carlos Gardel.

Pero esta vez, junto al miedo apareció el enojo. ¿Qué hacía esa horrible visión asustándolo en otra de sus interminables noches? ¿Por qué a él?

Indignado, se puso en buzo y sin preocuparse por sus pantalones cortos o sus ojotas salió de su habitación y, pegando un portazo, de su departamento. Bajó a oscuras las escaleras que conocía de memoria, y se detuvo un instante en el hall para buscar las llave de la puerta principal. Él no lo sabía, pero su reloj daba exactamente las 3:00 am.

Al salir se puso la capucha de su buzo, como si inconscientemente quisiera emular a aquella figura que estaba dispuesto a enfrentar. Cruzó la desierta avenida ignorando a aquel muñequito del semáforo peatonal y encaró aquello que estaba frente a él, fuera lo que fuera.

—Te estaba esperando, Martín— rompió el hielo el extraño. Su voz era fría y monótona. Carente de cualquier sentimiento.
—¿Quién sos? —preguntó Martín intentando disimular los nervios.
—Bueno, ¿no es un poco obvio?

Aquella respuesta desarmó a Martín, que ya no sabía qué era lo que estaba haciendo ahí. Nuevamente el pánico se apoderaba de él, y algo dentro suyo le decía que era muy mala idea haber bajado.

—Sí, tenés razón —atinó a responder —. ¿Qué es lo que querés?
—Quiero charlar un rato con vos. Vení, sentate — invitó el extraño señalando uno de los bancos de la deshabitada plaza.

Martín se palpó los bolsillos e insultó al aire al notar que no llevaba consigo sus cigarrillos.

—¿Tenés un pucho? — preguntó Martín.
—¿Yo? Obvio. ¿Cómo no voy a tener? Servite.
—¿Estoy soñando o esto de verdad está pasando? —continuó Martín sin agradecer.
—¿Tenés miedo?
—Sí, más vale.
— Entonces, ¿cuál es la diferencia?
—No te entiendo.
—Mirá, fantasía o realidad, el impacto es el mismo.
—Sí, pero una cosa es despertarte cagado en las patas por una pesadilla y otra muy distinta sería seguir después de esto.
—Pará. ¿Por qué pesadilla?¿qué te hice?
—Dale, no me jodas. Me voy.
—¿No sabés si estás dormido o despierto y querés tomar el control? Sentate ahí —volvió a invitarlo el extraño.
—Estoy soñando —aseguró Martín más para sí que para ser escuchado.
—¿Soñando?¿vos no andabas con insomnio?
—Eh, si. Pero tomé unas pastillas para poder dormir.
— ¿Las mismas de siempre?¿esas que nunca te dieron resultado? —preguntó entre risas el encapuchado, ya sentado y con la guadaña reclinada sobre el viejo banco de madera.
— Bueno dale, decime qué es lo que querés —tras haber tomado asiento.
—¿Tan apurado estás? Si estabas mirando el techo… Quiero charlar con vos.
—¿Sobre?
—Sobre vos.
—Que considerado de tu parte.
—Ah, ¿ahora sos irónico?
—Dame otro pucho.
—Obvio. Tomá.

Martín, reclinándose en el banco, dejó que el humo corra por su garganta, y disfrutó la inyección de nicotina en su cuerpo.

—¿Mejor? —se preocupó aquel anónimo ser que acompañaba a Martín.
—Sí, mucho mejor. Además, está linda la noche.

Tras estas palabras, una ráfaga de viento helado atravesó la plaza, sacudiendo los árboles y llevándose consigo algunas hojas.

—Eh, pará. No te pongas así. Fue un comentario nada más —se quejó Martín.
—Bueno, veo que entendiste por donde viene la mano.
—Eh, ponele.
—Bueno, contame… ¿el laburo?
—Es un quilombo. No me cierran los números, los clientes se van y las deudas ya me empiezan a hinchar las pelotas —se descargó Martín mientras pisaba la colilla del cigarrillo que acababa de terminar.
—Bueno, bien. No te preocupes —lo animó—. Lo bueno es que te veo más flaco.
— ¿Flaco? Consumido estoy.
—Bueno che, son todas quejas. Si todos quieren estar flacos hoy, ¿qué te jode?
—¿Sabés cuanto hace que no como algo rico? Meses —se contestó a sí mismo—. Vivo a cigarros y a café.
—Uh, un café. Que rico.
—¿No me estás escuchando? —protestó Martín visiblemente fastidioso.
—Claro que estoy escuchando. Puta madre, creí que habías entendido. Sos duro, eh.
—¿Entender qué? Bah, dejá. Si todo esto es un sueño.
—Y dale con eso, ¡que rompe huevos!
—Ni me hablés de rompe huevos, que me hiciste acordar a los estudios.
—Pará ¿qué estudios? —preguntó sorprendido el visitante.
—Creí que estabas en todas vos. Se te pasó esto, eh.
—¿Qué querés?¿Te pensás que sos el único que está hasta las pelotas de laburo?
—No se nota. Parece que viniste a joder con el viento nada más.
—Me encanta el chiste del viento— respondió entre risas—. Es lo único que me dejó el jefe.
—¿Jefe? ¿qué jefe?
—Dejá, ni me lo recuerdes. A veces me gustaría que se ensucie un poco más las manos. Pero vos viste cómo es esto. Uno se rompe el culo laburando y el que se lleva los laureles es él. En fin, no viene al caso esto. Contame de los estudios.
—Nada, no pasa nada con eso. Unos controles de rutina no dieron bien y el médico quiere profundizar un poco. Pero yo me siento bien, no pasa nada.
—Genial entonces, no vayas si te sentís bien. Es perder el tiempo.
—Ah, ahí tenés razón —afirmó un sorprendido Martín—. Puede que no vaya.
—Perfecto. ¿Y la familia? ¿cómo anda ese tema?
—A los viejos te los llevaste hace rato.
— Ahí está. ¿Te das cuenta?

Ahora el fastidioso era el extraño, que se mostraba inquieto, casi exasperado.

—¿Vos te pensás que la decisión es mía? —continuó —. Yo soy un simple oficinista. No estoy siempre estoy de acuerdo con el trabajo que me dan.
—Bueno, como vos digas. Pero te los llevaste igual.
—Uf, dejá. ¿Y al resto?
—Y al resto hace años que no los veo. Quizás tendría que llamarlo, ¿no?
—¿Llamar? Que llamen ellos si tienen algún interés. Vos preocupate por tus quilombos, no por los de ellos.
—Otra vez tenés razón. Al carajo.
—¿Viste cómo nos vamos entendiendo? Tomá otro pucho.
—Gracias. ¿Vos no fumás?
—No, yo no. Dejé hace rato.
—¿Y por qué tenés cigarros encima?
—Ya te dije, estoy laburando.

Martín perdió la mirada en la desierta plaza mientras saboreaba nuevamente el tabaco que le convidaban. Tras dejar salir el humo de su cuerpo, sonrió.

—¿Qué pasa? —preguntó aquél extraño cuyo nombre Martín prefería evitar.
—Nada, no jodas con el viento. Creo que ya entiendo por dónde viene la mano.
—Era hora, porque se me hace tarde.
—¿Te vas? ¿Justo ahora que se pone interesante?
—Y sí, tengo responsabilidades. Te acompaño a tu casa —dijo el encapuchado mientras recogía su guadaña que chilló con sonido metálico.
—Mirá que tierno resultaste— dijo Martín entre risas—. Bueno dale, vamos.

Cruzaron juntos la avenida, y al ingresar al departamento Martín notó que no había luz.

—No hay luz. ¿Es otro de tus chistes?
—No, con esto no tengo nada que ver. ¿Pagaste? —bromeó.
—Averiguo con el encargado —respondió Martín riendo.

Subieron a oscuras las escaleras y al abrir, no sin antes errarle un par de veces a la cerradura, Martín invitó a su acompañante a entrar.

—Vení, pasá dos minutos que brindamos.
—¿Brindar?¿Por qué querés brindar?
—Porque en definitiva resultaste buen tipo —respondió Martín mientras servía dos vasos de su mejor whisky.
—Uhm, buen gusto para la bebida eh —señaló el todavía encapuchado tras brindar.
—¿Viste? Es otro de mis placeres.
—Me parece muy bien, pero se me hace tarde.

Sin ninguna otra despedida el extraño abrió la puerta y desapareció en la oscuridad. Martín cerró, apuró el último trago de bebida y se fue a su habitación dejando los vasos junto con los otros que aguardaban ser lavados.

Cuando abrió nuevamente los ojos la luz del sol inundaba la habitación. No tenía idea qué hora era, puesto que los grandes números rojos de su reloj se habían esfumado junto con la electricidad.

Confundido, Martín fue hasta la cocina, dónde lo esperaba sobre la mesada una gran pila de platos y vasos sucios.

El whisky estaba en su lugar, pero le fue imposible recordar qué tan llena estaba la botella la noche anterior.

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