Espejos

Aquel día, como de costumbre me levanté temprano y automáticamente me metí en el baño. Me lavé los dientes, me mojé un poco la cara y mecánicamente levanté la vista al espejo, como para constatar que todavía seguía estando medio dormido. Así como levanté la vista, la bajé sin prestar mucha atención a lo que veía, pero había algo que no me cerraba.

Cuando miré de nuevo el espejo no me vi reflejado.

En un primer momento no me asusté. Fascinado, toqué el vidrio para probarme a mí mismo que existía, aunque la respuesta resultaba obvia, porque la pared que estaba a mi espalda se observaba perfectamente en él.

Levanté otras cosas que tenía a mano y parecían flotar. Era yo lo único que no se veía. Toda la situación me divertía, hasta que me cayó la ficha de que algo no andaba bien.

– ¿Me habré muerto? – pensé.

Salí del baño, y tratando de hacer el menor ruido posible busqué mi cámara de fotos. Intenté sacarme una auto-foto y me sentí un poco estúpido al darme cuenta de que estaba sonriendo para salir bien. Saqué la foto, miré el visor, pero nada. Ni rastros de mi cara en la imagen.

Ya no me resultaba nada gracioso, y le toqué el hombro a mi mujer que todavía dormía profundamente.

– Fabiana, ey Fabi, escuchame –

– ¿Qué pasa?- respondió sin siquiera levantar la cabeza de la almohada.

– No me veo en el espejo –

– ¿Qué? Dejá de hablar pelotudeces Javier y dejame seguir  durmiendo –

– No Fabi, de verdad te digo, tampoco me veo en la cámara –

Prácticamente tuve que arrancarla del colchón para llevarla al baño. La paré frente al espejo y le dije:

– ¿Qué ves?

– A mí todavía dormida, y a vos con esa cara de tonto que ponés a la mañana – me respondió con fastidio.

– ¿Cuántos dedos ves?

– Dos, cuatro, tres, dos de nuevo, ¿cuánto tiempo más tengo que seguir con esta payasada?- me preguntó ya de muy mala manera.

Dejé que se fuera a la cama de nuevo, y me fui a preparar el desayuno. Volví a intentar reflejarme una vez desayunado, pero nada había cambiado. Por razones obvias no intente afeitarme, pero si me duche y me vestí para ir a la oficina.

Salí de casa como si nada pasara, bajé las escaleras, y en el hall me encontré al portero, que evidentemente pudo verme porque me saludó, hizo un breve comentario sobre el calor y me abrió muy gentilmente la puerta. Era cierto lo que me había dicho el encargado: en la calle el aire estaba denso, había muchísima humedad.

Camino al garage donde guardo habitualmente el auto, me crucé con un vecino, el diariero, y tuve que hablar brevemente con el dueño de la cochera. Ninguno de ellos mostró signo alguno de sorpresa, y no parecían estar hablando con el hombre invisible. Tampoco se asustó nadie en la calle, porque creo que hubiera llamado un poco la atención ver un auto que se maneja solo. Todo el mundo podía verme, excepto yo.

El día en el trabajo fue agotador, con muchas cosas por hacer. Tan complicado estuvo aquel día que ni tiempo había tenido de preocuparme por lo que desde aquella mañana me estaba pasando. Cientos de llamados, problemas con el correo, una de mis secretarias estaba enferma, todo era un descontrol.

Agotado, y cuando ya era más tarde de lo habitual, deje la oficina para volver a casa.  Subí al auto, puse música, y al no encontrarme en el retrovisor recordé todo. Y volví a sentirme mal, vacío. Cuando volví a casa nada había cambiado.

Hoy, ya hace varios años que no puedo ver quién soy en realidad.

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2 comentarios en “Espejos

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