Dientes

El edificio era extremadamente antiguo, pero estaba bien conservado. Las anchas escaleras del salón, de escalones bajos y pequeñas barandas incorporadas, se encontraban majestuosamente adornadas. A pesar que la noche era helada, el interior de la vieja casona conservaba muy bien la temperatura permitiendo que la fiesta se lleve a cabo con toda normalidad.

La elegancia de los invitados me hacía sentir dentro de una película ambientada. Las mujeres iban de vestido largo, muy arregladas, con sus mejores joyas a cuestas. Los hombres vestían impecables trajes, en su mayoría especialmente diseñados para la ocasión.

La atención era excelente. Había dos mayordomos que cumplían con el rol de recepcionistas y había decenas de mozos dedicados a mantener satisfechos de bebida y comida a los cientos de invitados. Y la música. La música era simplemente perfecta para el contexto.

Yo me sentía muy a gusto con el ambiente. Me llevaba bien con la sofisticación y el nivel de las personas que en ese momento bailaban en parejas, aunque perfectamente sincronizados al compás de cada canción.

Me alejé del salón donde se estaba desarrollando la fiesta, y me senté en un cómodo sillón desde donde, a pesar de encontrarse en otra habitación, podía ver como las parejas todavía bailaban.

Todavía en el sillón, y con una copa de exquisito champagne en mis manos, mi película ambientada comenzó a dar paso a escenas surrealistas. Mareado, intenté levantarme y a los tumbos llegué al salón.

Me derrumbé contra una pared y la música se detuvo. Todos voltearon y me miraban. Reían a carcajadas estrepitosas, enfermizas, casi dementes. Sentía algo extraño en la boca y lo escupí. Eran dientes. Decenas de dientes, impecables como perlas. No había nada de sangre. Asustado, me llevé la mano a la boca. Los dientes no eran míos, yo tenía mi dentadura impecable.

Todavía mareado, y actuando como por instinto, sin saber lo que hacía, subí como pude las escaleras del salón. En el segundo piso había mucha más gente, también muy bien vestida, aunque todos llevaban máscaras. Caminé por un pasillo, y mientras pasaba entre la gente, todos se detenían a mirarme. También reían como desquiciados.

Me metí sin pensar en una habitación, para acostarme y estar solo un rato. Al entrar cerré la puerta y a tientas busqué la luz. Cuando por fin la encontré y la encendí, me di cuenta que la habitación estaba enteramente pintada de negro. No había ventanas, o muebles, sino que únicamente había una cama en el centro.

La escena me dio pánico y decidí irme.  Todavía agobiado por lo que estaba pasando, y empapado en un frío sudor, corrí buscando las escaleras. Apurado, comencé a bajarlas velozmente hasta que tropecé. Mi cabeza pegó en uno de los escalones y mi luz se apagó. Desde allí no recuerdo más nada.

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