Juicio Interior

Desde el estrado sólo veía sonrisas. El juicio era oral y público, y el tribunal estaba lleno. Le resultaba casi inverosímil todo lo que estaba sucediendo, pero la realidad era que la fiscalía había solicitado la pena de muerte para él.

El abogado querellante se puso de pie. Lo miraba fijamente, sin dejar de mostrar su reluciente dentadura. Caminó en silencio unos instantes, como si meditara algo, y finalmente comenzó con su interrogatorio.

– ¿En estos momentos, es usted feliz, señor? – Preguntó.

Sin dudarlo ni siquiera un instante, casi automáticamente, el acusado respondió:

– Sí señor, lo soy –

Y aunque en su interior se preguntaba si alguien podía ser feliz mientras se encontraba sentado en el banquillo de los acusados, miró a su abogado defensor, quién asintió en señal de aprobación. Desde donde estaba también pudo ver a su familia. Su mujer y sus dos hijos aguardaban sonrientes el resultado del juicio.

– Y dígame – Continúo el abogado – ¿Toda su vida ha sido feliz? –

La pregunta era difícil pensaron tanto el abogado defensor como su defendido, pero la habían contemplado.

– No señor – Respondió el interrogado, aunque esta vez no tan automáticamente.

Un murmullo generalizado se apoderó del recinto, mientras el abogado seguía paseándose por la sala, esperando el momento exacto para hacer su pregunta más incisiva.

– ¿Reconoce entonces su infelicidad, y por lo tanto, acepta los cargos que se le atribuyen? Preguntó.

– No señor – Respondió el acusado, esta vez demostrando verdadera convicción en su respuesta.

El murmullo en la sala creía, y elevando la voz el abogado insistió:

– Entonces, a pesar de haber reconocido que en algún momento de su vida no fue feliz, ¿no acepta que, por consiguiente, fue en algún momento infeliz? Sea específico, por favor.-

Después de un breve silencio y nuevamente muy seguro de sí mismo, respondió:

– El hecho de que no sea feliz, no necesariamente implica que sea infeliz. ¿Y acaso no estoy siendo acusado de ser infeliz? –

La sala era un griterío y el juez tuvo que pedir silencio para poder continuar. Mientras tanto, acusador y acusado cruzaron una dura mirada. Habían cambiado los papeles, y ahora el incómodo era el abogado que permanecía de pie. Por el contrario, el abogado defensor estaba exultante. Estaba convencido que el plano filosófico de la discusión conduciría a la absolución de su cliente.

– Entiendo – dijo al ahora reflexivo abogado que continuaba con el interrogatorio. Hizo una breve pausa y se llevó una mano a la pera.

– Ahora, ¿Me podría decir cómo se llama ese estado intermedio entre la felicidad y la infelicidad? –

– No lo sé señor –

– ¿Lo siente pero no sabe cómo se llama? –

– Es que nunca nadie le puso un nombre –

– ¿Y acaso existe, señores del jurado, algo que no tiene nombre? No más preguntas su señoría –

El querellante volvió a tomar asiento, y el acusado tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Sabía que prácticamente estaba condenado.

La lectura del veredicto se realizó por la mañana, también a sala llena. El juez solicitó al acusado que se ponga de pie y preguntó al jurado si ya tenía una decisión tomada, y aunque el hombre que estaba de pie con su mejor traje creía ya conocer su destino, inconscientemente aún guardaba en algún rincón una mínima esperanza.

El representante del jurado designado para la lectura se puso de pie y anunció:

–  Encontramos al acusado, culpable –

– Queda entonces sentenciado a morir en la horca, acusado de infelicidad – fueron las tajantes palabras del juez.- Dado el carácter del delito imputado, no existirá posibilidad alguna de apelar el fallo. – continuó.

La ejecución se realizaba también de manera pública, y como en las anteriores oportunidades asistió muchísima gente, incluso miembros de la prensa y representantes del gobierno.

Mientras caminaba hacia la zona donde se encontraba la horca se encontró con su familia. Saludó primero a sus dos pequeños hijos y luego se detuvo en su mujer que vestía de blanco. Estaba particularmente hermosa, pensó. Su esposa lo abrazó, y escondiendo una lágrima tras una radiante sonrisa le susurró al oído:

– Este es el día más triste de mi vida –

Luego besó a su marido en la frente y lo dejó ir.

Ya en la plataforma, se le dio la posibilidad al condenado de expresar sus últimas palabras.

– Ahora entiendo todo, y soy verdaderamente feliz – expresó ante la mirada de incomprensión de los presentes.

Instantes después el verdugo le colocó la capucha, y todo fue oscuridad, hasta que finalmente el piso se abrió.

Mientras retiraban el cuerpo el juez se detuvo a contemplar a la gente que había asistido a la ejecución. Nadie derramó una lágrima pensó. Había sido una condena ejemplificadora.

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